La Oficina Internacional del Trabajo declara que la mala alimentación laboral causa pérdidas de hasta un 20% en la productividad a causa de la desnutrición o el exceso de peso. Actualmente, el ritmo de vida frenético y los problemas de conciliación de la vida personal y profesional llevan a muchos desequilibrios alimentarios (una dieta monótona, repetitiva…) que tienen, evidentemente, consecuencias en la salud, pero también en el ámbito laboral, dando lugar, por ejemplo, a cansancio, irritabilidad, desmotivación, etc. Algunos de los errores alimentarios más comunes en el entorno laboral son saltarse comidas, picar y realizar comidas copiosas o frugales (que pueden conllevar somnolencia y molestias digestivas, y en caso de ingestas excesivas continuadas, un aumento del peso). A largo plazo, esto se traduce en un bajo rendimiento laboral y un aumento de los costos por absentismo, incapacidad, accidentalidad o mortalidad.

La mayoría de la población activa realiza entre una y dos comidas en el entorno laboral y pasa más del 60% de su tiempo en él, convirtiendo el entorno laboral en un ámbito adecuado para la promoción de la salud a través de la mejora de los hábitos de alimentación poco saludables. De esta manera, se pueden mejorar los parámetros relacionados con factores de riesgo como la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares. Así pues, estos resultados en materia de salud, junto con el aumento de la productividad, la reducción de los costes médicos y la disminución del absentismo, son buenos argumentos para invertir en programas de promoción de la salud en el lugar de trabajo, que proporcionan un retorno tanto para la empresa como para los empleados a corto y largo plazo. 

Se debe procurar que el entorno laboral permita a los trabajadores poner en práctica las recomendaciones para una alimentación saludable. Las recomendaciones alimentarias establecidas para la promoción de la salud y la prevención de enfermedades no transmisibles relacionadas con la dieta (OMS, 2003) indican que la alimentación debe estar basada en alimentos de origen vegetal: frutas, verduras, hortalizas, semillas, legumbres, frutos secos y cereales integrales (pan integral, arroz integral, pasta integral y otros cereales integrales). Además, conviene moderar el consumo de alimentos animales ricos en grasa saturada y colesterol (lácteos enteros, mantequilla, carnes grasas, embutidos, bollería…), y los alimentos ricos en azúcares. Finalmente, conviene limitar el consumo de sal a una cucharadita de café al día (equivalente a 5 g), preferiblemente yodada para evitar deficiencias de yodo. Los alimentos que conviene reducir por ser los que aportan más sal son: embutidos, salsas y platos preparados

Fuente: Revista Prevención de Riesgos Laborales. Foment del Treball